• marianoeltoledo

Mi creatividad, ese gato...

Libre e insumiso, casi nunca viene cuando lo llamo pero aparece sin más cuando a él se le da gana.      Entonces sé que debo estar dispuesta a responder   a sus seductores ronroneos, porque como buen gato dispone de mi tiempo a su antojo.

Viene como acechando mi alma, sin suplicar cariño sino más bien sometiéndome a la promesa hechicera de regalarme una chispa de su ingenio en una sola nota de silencio. Embelesada me someto a sus caprichos como si no existiera más nada en el mundo, creo conectar por fin con su genialidad por un ínfimo instante y veo al universo de cerca en el negro de su cuerpo.

La sensación se vuelve sublime, y no existe el tiempo más que en los relojes del mundo, de cuyas manecillas he saltado agarrada de su cola. Un paso, otro y floto con él entre la multitud de estrellas. El vértigo no se hace esperar y viajo a toda velocidad entre ellas, ya no me distingo de aquel confín y soy el mismo universo tan negro y profundo, tan blanco y brillante…

Tan… algo se rompe, el reloj se hace presente y otra vez de sus manecillas me sujeto con un manotazo brutal en el abismo que me devuelve al punto de partida… La magia de nuestro encuentro se ha roto y solo me queda esa dulce sensación de haber acariciado y sentido su pelo negro y suave, contemplado su mirada verde y profunda y haber sido rozada por sus bigotes blancos y etéreos. Una confusa sensación me invade, no recuerdo nada que pueda explicar…

Sin mediar opción se baja de mi cuello y mi regazo sin contemplación alguna.

A duras penas me compongo del despojo que sufre mi alma… para luego seguir sola mi viaje, recuperar mis notas en la libreta que registra mis encuentros gatunos, con la trémula esperanza de revivir las sensaciones en algún otro sutil instante, en que quizás recupere la magia efímera que me proporciona el regalo de su presencia…

He tratado de llamarlo, darle comida, pero no me engaño, se alimenta y se va... solo me consuela que al menos sigue vivo, está allí y quizás me considere importante para él, pero no lo sé… nunca promete nada.

Y quiero no esperarlo con la leche tibia para que la desilusión del desencuentro no sea tan honda, pero siempre acabo mirando por la ventana, aún más en los días de lluvia, buscando su silueta como quien busca la salvación en un naufragio.

Veo su sombra serpenteante, evocadora, sugerente, en la pared del muro de al lado y me apronto para recibirlo, sin embargo elige trepar por la azotea contigua, dibujando un perfecto contorno tan negro como él mismo y tan obnubilante que se me antoja un espejismo, una figura hipnótica doble, como la incertidumbre de nuestro próximo encuentro… MNT

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